One Aim

Escrito por David Plaza el 6 Noviembre, 2009 – 6:00 pm -

Recuerdo las presentaciones de Toyota a las que he podido asistir. La primera fue en Valenciennes. La segunda en Colonia. En ambas, al igual que en otros actos organizados por la marca a los que asistí, se notaba el deseo por satisfacer a la prensa y lo orgullosos que se sentían de sus valores. Valores que llevaron hasta sus últimas consecuencias en la F1.

El final de Toyota ha sido un fiel reflejo de lo que ha llevado al fabricante más grande del mundo al fracaso en la Fórmula 1. Tardío y a destiempo.

La marca japonesa tuvo los arrestos de jugársela con la primera participación en F1 en toda su historia empezando desde cero. Ni siquiera con el bagaje previo de haber jugado con anterioridad a este juego. En la bolsa de viaje rumbo a la sede en Colonia sólo había un exitoso currículum en el mundo de los rallyes y una participación destacable en Le Mans. Y digo sólo, no porque me parezca algo sin importancia, todo lo contrario. Sino porque en la F1 todo es diferente, único. Incluso los aspectos más decadentes del deporte.

Así que Toyota se montó una fábrica en Alemania. Ni en Japón, ni en Inglaterra. En Alemania. Lejos del centro neurálgico de la F1, donde habitan, al menos, el 70% de los ingenieros, mecánicos y demás integrantes de este mundo de la F1. Lejos de la central de Japón, donde se toman decisiones trascendentales.

El que ha sido el presupuesto más grande de la F1 durante años ni siquiera ha valido para conseguir una victoria, la que sí obtuvo Honda después de verle las orejas al lobo en el 98 y decidir que era mejor dejar lo de ser constructor único para más adelante… y con un enfoque más práctico. Y menos atrevido.

Atrás quedaron pequeños y grandes nombres de la ingeniería como Gascoyne, hartos de la burocracia y de la lenta, pero irremediable, escalada por los organigramas nipones de Toyota. Eso, en F1, donde las buenas decisiones se convierten en grandiosas si se toman sin pestañear, es mortal. Y, lo peor, lenta y dolorosamente.

Ni siquiera Toyota ha podido despedirse sin escapar de dicho lastre. Es evidente que Jarno Trulli y Timo Glock se lo esperaban, y posiblemente hayan dado sus propios pasos para asegurarse su futuro en las últimas semanas. Pero, aún así, no es el modo. Pensemos en Kamui Kobayashi. Hace pocos días declaraba que había temido por el futuro de su carrera deportiva. Quizá ahora siga temiéndolo. Desde luego haría bien por dudar de sus posibilidades en F1. Lo mismo ocurrió con Honda

BMW Sauber lo ha hecho de otro modo y todos su integrantes han tenido tiempo para buscarse la vida (¡espero por el bien de Kubica que no haya salido de Málaga para meterse en Malagón!). Parece como si la decisión de abandonar la F1 también hubiera dependido de papeleos o agendas. El caso es que Toyota ha sido fiel a su filosofía, esa que siempre proclamó con orgullo y que consistía en dar minúsculos pasos hacia delante, sin prisa pero sin pausa. ‘One Aim’ la llamaron. Alguien debió decirles que en la F1 lo que te lleva al éxito son los pasos de gigante, especialmente si empiezas de cero.

Me apena que Toyota se vaya. Lo reconozco, su decoración me aburría enormemente. Pero eran un buen equipo dotado de unos valores muy respetables y con una convicción sobresaliente. Y me proporcionaron algunos momentos muy agradables en esto del periodismo. Aquella tertulia con Miguel Fonseca, aquella noche de competición en el Casino en el que quien más dinero de juguete consiguiera se llevaría los mejores premios. Aquel Sushi delicioso.  

El miercoles Toyota dijo adiós tras siete años. Lo hizo con lágrimas en ojos de su Presidente y pidiendo perdón a sus aficionados por el bajo rendimiento mostrado durante este tiempo. Aunque sólo sea por eso, yo les aplaudo y siento su pérdida.

Quizá habría que analizar qué parte de culpa tiene Max Mosley (el mismo que le entregó la F1 a los grandes constructores para empeñarse en arrebatársela de mala manera antes de dejar su cargo). Pero esa es una historia para otro momento. Y dotada de mucha menos nobleza.


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